WORD                       HTML

 

Algunas reacciones de los lectores del Libro de la Vida

de Teresa de Ávila según el manuscrito

Raquel Trillia

 U of Lethbridge

 

El Libro de la vida, escrito por Teresa de Ávila entre los años 1562 y 1565, pretendía, entre otras cosas, justificar su modo de oración.  A partir de 1570 se hacen varias copias que circulan causando alarma en algunos círculos religiosos (Llamas 217); y cuando en 1575 se acusa a Teresa en Córdoba, Valladolid y Sevilla frente a la Inquisición, ésta ordena intervenir el Libro, dándoselo al P. Domingo Báñez para que lo examinara.  A pesar del juicio favorable de éste, el Libro queda en manos de la Inquisición hasta 1586[1] y Teresa nunca supo cuál era el veredicto oficial[2] del Santo Oficio (Ahlgren 64) ya que murió en 1582.[3]

 

Dado el deseo-necesidad de Teresa de que se asegurase la ortodoxia de su oración, el Libro es leído por varios confesores y letrados.  De algunos de ellos tenemos noticias precisas, como aquéllos a quienes iba dirigido el Libro, entre ellos Gaspar Daza, clérigo licenciado, Francisco de Salcedo, caballero que practicaba oración mental, y su confesor García de Toledo (Libro 23.14).  De otros lectores tenemos noticia por su relación con el autógrafo,[4] como doña Luisa de la Cerda, que tenía encomendado enviarle el autógrafo al Maestro Ávila (Cartas 378). En otros casos Teresa señala algún lector, por ejemplo, en el prólogo de El Libro de las Fundaciones señala que el padre Jerónimo Ripalda había leído el Libro: “habiendo visto este libro de la primera fundación [de San José] le pareció sería servicio de nuestro Señor que escribiese [de] otros siete monasterios que después acá ... se han fundado” (Pról.2).  Algunos de estos lectores dejaron testimonio de su lectura del Libro en informes, cartas y prólogos;[5] otros, mediante marcas anónimas en el autógrafo.[6]  Las lecturas del manuscrito que me interesan hoy son las que atestiguan estas marcas anónimas que han sido documentadas, total o parcialmente, por los varios editores del Libro de la vida, pero que no has sido estudiadas en conjunto.

 

Sin detenernos en la identidad de los autores[7] de las correcciones, podemos estudiar sus enmiendas y adiciones con el objetivo de establecer qué elementos del texto les causaron mayor interés.  Estos lectores corrigieron errores ortográficos u omisiones del texto, tacharon frases, reemplazaron vocablos y marcaron algunas líneas y párrafos.[8]  Un examen cuidadoso de los pocos cambios, adiciones y tachaduras del manuscrito del Libro de la vida mostrará que los aspectos de la escritura teresiana que inquietaban a estos lectores eran los que presentaban problemas doctrinales o los que daban autoridad al texto, esto último problemático por ser Teresa una mujer.

 

De las muy pocas tachaduras del autógrafo, dos ejemplos servirán para ilustrar cómo pocas palabras podían añadir asociaciones y contenido no deseados por la Iglesia.  En el capítulo 17 del Libro, hablando del tercer grado de oración, Teresa escribe: “En fin es que las virtudes quedan ahora más fuertes que en la oración de quietud pasada; que el alma no las puede inorar porque se ve otra y no sabe cómo” (17.3).  La frase tachada es “que el alma no las puede ynorar,”[9] frase que le da al texto un tono alumbradista porque comunica el hecho de que el alma no tiene control sobre lo que siente en estado de oración avanzada.  Algo similar ocurre en el capítulo 20, que lee: “Tengo para mí que un alma que allega a este estado, que ya ella no habla ni hace cosa por sí, sino que de todo lo que ha de hacer tiene cuidado este soberano rey” (20.24).  La frase tachada es “que ya ella no habla ni açe cosa por si [syno]” que sugiere que el alma, en este estado de oración, no puede actuar por sí misma, que queda toda dispuesta a la voluntad de Dios.  Siendo este el caso, el individuo deja de ser responsable de sí mismo, idea que puede haberse interpretado como demasiado parecida a la filosofía de los alumbrados, que practicaban dejamiento o “abandono completo a Dios” (Bataillon 169), o a la del recogimiento, mediante la cual se “deja a un lado el pensamiento de toda cosa creada, y hasta todo pensamiento discursivo” (Bataillon 167).  Según el dejamiento, que iba en contra del formalismo religioso (Bataillon 173, Ahlgren 14), los adeptos se entregaban a la voluntad de Dios sabiendo que no podían pecar en este estado avanzado de oración.  Esta correlación era considerada una herejía por la Inquisición (Weber 24), y tanto Teresa como sus confesores querían diferenciar su espiritualidad de estos movimientos que habían sido condenados por la Iglesia.  La misma Teresa hace referencia a los “tiempos recios” (33.5) que vive, y a otras mujeres acusadas o condenadas por considerarse alumbradas: “como en estos tiempos habían acaecido grandes ilusiones en mujeres y engaños que las había hecho el demonio, comencé a temer…” (23.2).  El proceso inquisitorial de Magdalena de la Cruz[10] estaría presente tanto en la memoria de Teresa como en la de sus lectores.

 

En el caso de las tachaduras que tocan sobre doctrina, algunos editores de la obra de Teresa (Álvarez y Chicharro, por ejemplo) las atribuyen a lo que llaman un “escrúpulo teológico” por parte del censor (que casi siempre especulan que es Báñez).  Esto parece un eufemismo para glosar el hecho de que estas palabras indican que la espiritualidad de Teresa estaba influenciada por corrientes espirituales de su siglo, específicamente recogimiento y dejamiento, que habían caído bajo la censura inquisitorial a partir de 1525.  Pareciera que la doctrina que presenta Teresa todavía se viera necesitada de protección.  Esto es aún más notable si se tiene en cuenta que ya Fray Luis, como primer editor de la obra de Teresa, incluye en su edición muchas de las frases tachadas por los censores, incluidas las dos que mencioné.[11]

 

Los cambios hechos al autógrafo son pocos.  Pueden dividirse en dos grupos: cambios que modifican el significado del texto y cambios de poca trascendencia.  El primer grupo encuentra sus causas en el contenido del pasaje o en el tono del mismo.  El segundo grupo indica el cuidado con que fue leído el autógrafo.  Al primer grupo corresponde el cambio del verbo “vea” por “crea” en un pasaje en el cual, hablando de oración avanzada, Teresa explica que en el tercer grado el alma “comienza a obrar grandes cosas con el olor que dan de sí las flores, que quiere el Señor que se abran para que ella vea que tiene virtudes, aunque ve muy bien que no las podía ella, ni ha podido ganar en muchos años, y que en aquello poquito el celestial hortelano se las dio” (17.3).  La sustitución de “creer” minimiza la fuerza de la aseveración de Teresa; cambia la presentación de algo que la escritora estima objetivo, es decir que el alma entiende tener virtudes, en algo subjetivo, es decir que solamente ella, su alma, juzga que tiene virtudes.  Este cambio suaviza la autoridad del párrafo.

 

Un poco más adelante Teresa explica que, como consecuencia de un arrobamiento, entre otras cosas, una persona “ya no quiere querer, ni querer libre alvedrío no querría, y ansí lo suplica al Señor; dale las llaves de su voluntad” (20.22).  En el autógrafo “libre alvedrio no querria” está borrado por otra mano que sobrescribe “otra voluntad sino hazer la de nuestro señor.”  A primera instancia pareciera que este cambio no modifica sustancialmente el texto, sin embargo el cambio es significativo.  Teresa dice que el alma ya no desea tener libre albedrío.  Mediante el reemplazo del censor el alma solamente desea hacer la voluntad de Dios, es decir que elige hacer la voluntad de Dios, por lo tanto ejerciendo su libre albedrío.  Dada la controversia sobre el libre albedrío que suscitaron los movimientos reformadores del siglo XVI, y la negación de su existencia por parte de Lutero y Calvino, el censor consideró importante tachar la idea de que el hombre pueda encontrarse en un estado en el que no pueda ejercer su voluntad.[12]

 

El siguiente cambio pertenece al segundo grupo, es decir al grupo que no cambia significativamente el texto.  Hacia el final del Libro, contando las profecías que le ha hecho Dios, Teresa menciona una de esta manera: “Habiéndose muerto un cuñado mío súpitamente, y estando yo con mucha pena por no se haber viado a confesarse, se me dijo en la oración que había ansí de morir mi hermana…” (34.19).  Las palabras “vyado a” están tachadas con una sola línea, de modo que pueden leerse claramente, y corregidas de otra mano que sobrescribe “por no aver tenido lugar [de].”  Según Cejador y Frauca uviar (sin ‘h’) quiere decir en castellano medieval “llegar al encuentro, acontecer” o “tener ocasión o lugar” y huviar (con ‘h’) significa “hallar medio de, poder.”  Esto permite pensar que la palabra “vyado” de Teresa es un error tipográfico donde el cambio del censor no altera el significado, sino que sustituye una palabra algo arcaica por una frase más corriente.  Esto solamente sería necesario de hacer si se pensara que el texto iba a ser leído por otros para quienes el cambio facilitaría la lectura, lo que presupone que al menos uno de sus lectores tempranos veía como deseable esta posibilidad.

 

Otro cambio que sugiere el cuidado con que fue leído el autógrafo es el reemplazo de “humilla” por la palabra “humana” en el siguiente pasaje: “[en tiempos de quietud] no hay que argüir, sino que conocer lo que somos con llaneza, y con simpleza representarnos delante de Dios, que quiere se haga el alma boba ... , pues su Majestad se humilla tanto, que la sufre cabe sí, siendo nosotros lo que somos” (15.8).  Según Chicharro, es Báñez quien inserta la palabra “humana,” que parece una sugerencia más que un cambio ya que no se tacha el vocablo elegido por Teresa.  Siendo tan importante la humildad para el cristiano que aspira ser virtuoso, y siendo una virtud de la que Teresa se aprovechó en su modo de escribir,[13] es interesante notar que el censor prefiere la noción de que Dios se “humane,” calificación más amplia que “humilla.”  Cabe pensar que atribuir humildad a Dios, según el censor, es problemático, ya que siendo Él justamente Dios, ¿por qué y ante quién humillarse?  Es al Hombre a quien le toca humillarse ante Dios.  Sin embargo, Francisco de Osuna, en su Tercer abecedario que se publica en 1527—y que Teresa había leído—, escribe que la humildad es “a todo necesaria,” y es también “la primera entrada en la religión, así como el primer paso de Cristo en el mundo” (498).  Si el humanarse de Cristo al hacerse hombre fue humillarse al nacer en un establo y morir en la cruz (Osuna 509), entonces el sentido del pasaje según lo expresó Teresa no queda alterado por el censor y su “sugerencia” puede atribuirse a una preferencia de expresión.

 

Otro cambio de vocablo que no altera apreciablemente el texto ocurre en el epígrafe del capítulo 17, que trata sobre el tercer grado de oración, que lee de la siguiente manera: “Prosigue de la mesma materia de declarar este tercer grado de oración; acaba de declarar los efectos que hace; dice el daño que hace aquí la imaginación y memoria.”  Otra mano reemplazó la palabra ‘daño’ por ‘ympidimiento.’  Según Covarrubias, daño quiere decir el “menoscabo que uno recibe en su persona, hazienda, honra y todo lo que le puede pertenecer,” e ympidimiento significa “estorvo, obstáculo, tropieço.”  Daño, por lo tanto, implica los efectos o consecuencias negativos de la acción de la memoria y la imaginación sobre el alma en un estado avanzado de oración, mientras ympidimiento significa obstáculo, es decir algo que inhibe la acción de la memoria e imaginación, cambiando su papel en el epígrafe y por lo tanto en la oración.  Pero en este capítulo Teresa explica que en la oración de quietud “la memoria queda libre y junto con la imaginación debe ser; y ella, como se ve sola, es para alabar a Dios la guerra que da y cómo procura desasosegarlo todo.  A mí cansada me tiene y aborrecida la tengo…  […] como faltan las otras potencias, no valen [la memoria y la imaginación], aun para hacer mal, nada.  […] porque no tienen fuerza…” (17.5-6).  Teresa concluye que aunque la memoria y la imaginación la estorban en oración de quietud, no pueden hacerle daño.  Podría por lo tanto conjeturarse que el censor, habiendo leído el capítulo, vuelve al epígrafe para corregirlo según esta interpretación del texto. El cambio, entonces, altera el significado del epígrafe, pero para acordarlo con el contenido del capítulo que anticipa.  Quizás por esta razón algunos editores modernos, como Efrén y Otger Steggink, conservan la enmienda (Chicharro 240, n.1). 

 

Los cambios hechos al manuscrito por otra mano sugieren que los censores no encontraron graves problemas doctrinales con su contenido.  Aunque debe tenerse en cuenta que si el manuscrito no estaba en circulación, su contenido ya no necesitaba considerarse peligroso.  Dicho esto, es de notar que los cambios, aunque no sean sustanciales, se encuentran en las secciones del texto que tratan sobre arrobamiento y sobre profecía, ambas experiencias espirituales problemáticas por su misma naturaleza.  El lector / censor se veía ante la necesidad de creerle a Teresa o no, sin poder verificar lo escrito, lo cual puede explicar que el censor leyera con más detenimiento estas secciones del texto.

 

La tercera y última categoría de modificaciones al texto que trataré hoy son las adiciones.  Algunas de éstas intentan suplir los lapsus de Teresa.  Por ejemplo, en el Capítulo 8, defendiendo la oración, Teresa escribe: “[…] y quisiera tener licencia para decir las muchas veces que en este tiempo falté a Dios por estar arrimada a esta fuerte coluna de la oración” (8.1).  Un censor agregó “no” delante de “estar arrimada.”  Según Dámaso Chicharro, como en este contexto “por” puede equivaler a “para,” el pasaje “tendría sentido” (169, n.1) como lo escribió Teresa.  Según esta lectura el pasaje explicaría que la vida ruin de Teresa se debe a su deseo de intimidad con Dios, lectura que no sigue Chicharro, pero que se ajusta a un aspecto de la retórica teresiana a través de la cual sus actos de confesión se encuentran de la mano de elementos defensivos, lo que Weber designa una retórica de concesión (52).  Sin embargo, distintos editores del texto no se han puesto de acuerdo en cuanto la lectura del pasaje, ya que Fray Luis, Lafuente y Silverio incluyen el “no” como Chicharro, y Heitz y Efrén omiten el “no” (Álvarez 2.63).  Además, la interpolación del “no” permite una doble lectura según se puntúe la oración después de “a Dios” o después de “la oración.”  Agregado el “no” y puesto el punto después de “oración” el pasaje lee “[…] y quisiera tener licencia para decir las muchas veces que en este tiempo falté a Dios por [no] estar arrimada a esta fuerte coluna de la oración.”  Esta lectura sugiere que el censor, y luego varios editores, creen que Teresa olvidó escribir el “no” que cambia el significado del texto considerablemente, explicando que su ruin vida se debe a su falta de oración, lectura también posible, ya que Teresa deseaba justificar el beneficio de sus modos de oración.  Ahora, si se puntúa la oración después de “a Dios” leemos “[…] y quisiera tener licencia para decir las muchas veces que en este tiempo falté a Dios.  Por [no] estar arrimada a esta fuerte coluna de la oración pasé este mar tempestuoso casi veinte años …” que ahora explica que por no estar con oración, pasó veinte años sufriendo “una guerra tan penosa” entre el placer que le daban las cosas del mundo y el placer que le daba estar con Dios (8.1-2).  Esta lectura parece imposible ya que Teresa se contradiría en la misma oración, en la cual diría estar a la misma vez con y sin oración.  Si aceptamos la ausencia del “no” como deliberada por parte de Teresa, llegamos a la conclusión que muchos de sus lectores todavía están dispuestos a asumir que este es un lapsus del texto.[14] 

 

Las adiciones al texto algunas veces suplen los lapsus genuinos del texto.  Por ejemplo, en el capítulo 20 del Libro, Teresa escribe “[d]igo, <no sabe>, porque no representa nada la imaginación; ni, a mi parecer, mucho tiempo de lo que está ansí obran las potencias: como en la unión y arrobamiento el gozo, así aquí la pena las suspende” (20.11).  Otra mano agrega un “no” quedando “[no] obran las potencias,” para concordar con el final de la oración, que explica que quedan suspendidas, es decir, paradas, perplejas (Cov.) o interrumpidas.  Esta adición complementa otras correcciones que simplemente corrigen lapsus menores de la escritora, por ejemplo, en el capítulo 8 en el margen derecho del reverso del folio xxxiii un lector agregó la silaba ‘ra’ para completar la palabra ‘procu[ra].’  Lo mismo ocurre en el margen derecho del folio siguiente (xxxiiii) en la ultima línea (28) donde se agrega ‘ra’ para completar ‘mane[ra]. 

 

La última categoría de la adiciones corresponde a las que suavizan la autoridad de texto teresiano.  Por ejemplo, en un pasaje que lee “Digo que para rendirse un alma del todo a estar sujeta a solo un maestro, que yerra mucho en no procurar que sea tal [letrado], si es relisioso, pues ha de estar sujeto a su perlado…” (13.19), otra mano agrega la preposición “de” cambiando “a estar sujeta” a “a de estar sujeta.”  Teresa aquí trata las cualidades deseables en un maestro espiritual,[15] en particular el valor de las letras en los que “no tienen espíritu” (13.18).  El pasaje explica que el alma necesita permitirse estar sujeta a un sólo maestro que sea letrado, mientras que la adición de la preposición “de” agrega la necesidad de estar sujeta el alma a un sólo maestro espiritual.  Esta adición quizás refleje la conciencia por parte del lector de la aventura espiritual de Teresa que incluyó varios maestros espirituales y la queja de vivir muchos años sin uno que la comprendiese y guiase bien (Libro 22.3 y 30.6).  A su vez, la adición transforma lo que Teresa considera deseable en algo indispensable.  La sombra del alumbradismo exige que se presente como necesaria la intervención de un maestro en el progreso espiritual del alma.  En otro pasaje, en el que trata el tema del tercer grado de oración, Teresa explica que (11) “[el alma] ve claro que no hacían nada los mártires de su parte en pasar tormentos; porque conoce bien el alma viene de otra parte la fortaleza” (16.4).  La palabra “casi” está sobrescrita por una mano ajena quedando “no açian [casi] nada,” adición que suaviza la afirmación, sobre todo estando esta prologada de la certidumbre de que el alma “ve claro.”  Álvarez sugiere que el añadido supone un “escrúpulo teológico” del censor, frase que supone que el censor pensaba, o temía, que lo escrito no se ajustara estrictamente a la doctrina de la Iglesia.  Es posible que el que los mártires “no hacían nada de su parte” tenga demasiado sabor protestante, insinuando la ausencia de libre albedrío.[16]  Las adiciones al texto, entonces, cumplen varias funciones: corrigen errores tipográficos, eliminan temas peligrosos y suavizan la autoridad del texto.

 

Este estudio de las marcas del autógrafo del Libro de la vida permite llegar a la conclusión preliminar de que fue leído con detenimiento y que era importante censurar su doctrina más que su estilo.  Es decir que el Libro fue leído y re-leído para evaluar las secciones en las cuales Teresa explica su modo de oración, cuando expresa ideas o narra experiencias subjetivas, y cuando se expresa con certidumbre o autoridad.  A su vez, el cuidado con que fueron hechas estas correcciones, las muchas marcas que señalan líneas o párrafos, y las tachaduras que eliminan asociaciones iluministas sugieren que estos lectores buscaban proteger a Teresa y su manuscrito.  Esto sugiere ambivalencia por parte de estos lectores.[17]  Más allá de las correcciones hechas por los censores, ¿por qué en muchos casos las expresiones de autoridad, por ejemplo, no fueron tachadas?  Falta, por lo tanto, un estudio que busque explicar estas aparentes contradicciones de lectura.  Además, un análisis de los pasajes señalados también ayudará a establecer los temas y modos de escribir que causaron interés en estos lectores, que a su vez puede que contribuya a esclarecer las tachaduras tanto como frases y párrafos problemáticos no tachados.


OBRAS CITADAS

 

 

Fuentes primarias

 

Báñez, Domingo.  “Censura del P. Domingo Báñez en el autógrafo de la ‘Vida’.”  Obras completas.  Teresa de Ávila, Santa 1515-1582.  2nd Edition.  Madrid: Biblioteca de Autores Crisitanos, 1967.  190-91.

 

Cejador y Frauca, Julio.  Vocabulario Medieval Castellano.  Alemania: Georg Olms Verlag, 1971.

 

Covarrubias, Sebastián de.  Tesoro de la lengua española o castellana.  Ed. Martín de Riquer.  Barcelona: Horta, 1943.

 

“Daño.” Tesoro de la Lengua Castellana o Española.  Ed.1945.

 

De la Fuente, Vicente, ed.  Escritos de Santa Teresa I y II.  Madrid: Biblioteca de Autores Españoles, 1877.

 

“huviar.”  Vocabulario Medeival Castellano.  Ed. 1971.

 

Osuna, Francisco de.  Tercer Abecedario Espiritual.  Místicos Franciscanos Españoles II.  Ed. Saturnino López Santidrián.  Madrid: Biblioteca de Autores Cristianos, 1998.

 

Teresa de Ávila.  Santa Teresa.  Cartas.  Ed. Tomás Alvarez.  Maestros Espirituales Carmelitas II.  Burgos: Editorial Monte Carmelo,1983.

---.  Libro de la vida.  Autografo de la biblioteca del Real Monasterio de El Escorial.  Presentacion y transcripcion paleografica de Tomás Álvarez.  Burgos: Monte Carmelo, 1999.  2 vols.

 

“uviar.”  Vocabulario Medeival Castellano.  Ed. 1971.

 

“Ympidimiento.” Tesoro de la Lengua Castellana o Española.  Ed.1945.

 

 

Fuentes secundarias

 

Ahlgren, Gillian T.W.  Teresa of Ávila and the Politics of Sanctity.  Ithaca: Cornell University Press, 1996.

 

Bataillon, Marcel.  Erasmo y España.  Trans. Antonio Alatorre.  2nd Edition.  México: Fondo de Cultura Económica, 1966.

 

Weber, Alison.  Teresa of Ávila and the Rhetoric of Femininity.  Princeton, NJ: Princeton University Press, 1990.

 

 



[1] Fue Ana de Jesús cuya influencia logró recuperar los manuscritos de Teresa en 1586, cuando las Carmelitas preparaban una edición de la obra de Teresa (Ahlgren 64, n112).

[2] Extra-oficialmente sí tuvo alguna noticia de la respuesta de la Inquisición a su Libro.  En una carta a su hermano Lorenzo le cuenta que, por intermedio de doña Luisa de la Cerda, sabe que los inquisidores no han encontrado nada que censurar, “antes había bien que mal” (180.14).

[3] La historia del manuscrito con la Inquisición, además de la desconfianza que causaba cualquier experiencia espiritual, indica el clima religioso en que le tocó escribir a Teresa Debió cuidar la manera en que se expresaba, ya como monja, ya como mujer.  A pesar de acusarse su escritura de espontánea, correcciones de su mano, aunque pocas, indican que revisaba sus escritos.  Teresa deseaba que se confirmara la ortodoxia de su trayectoria espiritual y por eso quería que figuras como el Maestro Ávila leyeran el texto.  En el epílogo del Libro, la carta que le dirige al padre García de Toledo que acompaña el manuscrito, Teresa escribe: “Suplico a vuestra merced lo enmiende y mande trasladar, si se ha de llevar a el P. Meastro Ávila, porque podría ser conocer alguien la letra.  Yo deseo harto se dé orden en cómo lo vea...” (Epílogo 2).  De esta manera Teresa invierte el “mandato” original de escribir su “modo de oración y mercedes” (Prólogo 1) en un pedido suyo de que se revise y censure su texto para confirmar la ortodoxia de sus modos.

[4] O como el obispo de Ávila, don Álvaro de Mendoza, a quien Teresa había enviado el autógrafo, que luego le pediría la Inquisición (Llamas 49).  Mendoza también había hecho hacer una copia del autógrafo para su hermana, Ana de Mendoza, princesa de Eboli (Llamas 249).

[5] Por ejemplo el informe del padre Báñez: “Censura del P. Domingo Báñez en el autógrafo de la Vida,” escrito a pedido del inquisidor don Francisco de Soto y Salazar en 1575 (Llamas Martínez 261).  Báñez confirma la ortodoxia de la oración de Teresa, aunque concede que no debe circularse antes de la muerte de ella.  Otros ejemplos son la carta que le envía a Teresa el Maestro Ávila una vez leído el autógrafo (de la Fuente 2:504), y el prólogo de Fray Luis de León a la primera edición de las Obras de Teresa.  Estas respuestas escritas al texto teresiano proveen los juicios que pasaron estos lectores particulares en relación al Libro. 

[6] Salvo casos contados, estas marcas no impiden la lectura del texto y  reflejan que fue leído con cuidado y respeto, al menos como una cosa física, ya que todavía está en excelente condición de lectura.  Hecho notable si se compara el manuscrito con el del Libro del Conorte, por ejemplo, que tiene páginas enteras tachadas o pintadas, y cuyos márgenes están muchas veces repletos de notas en letra minúscula.

[7] En contados casos puede identificarse con certeza la mano que hiciera las marcas en el autógrafo del Libro.  Dado que la única persona que firma el manuscrito (además de Teresa) es Báñez, los editores de Teresa le atribuyen muchas de las correcciones.  Nunca he leído que se hubiese hecho una comparación con su escritura, ya en el ms. de Teresa, ya en otros de sus escritos de esa época.

[8] Este grupo de marcas de otra mano (excluyendo las que corrigen o enmienden errores ortográficos o gramaticales de la autora, o que retocan su letra) simplemente señalan una línea o pasaje específico en el texto.  Estas marcas puede clasificarse según su forma, ya que algunas líneas del texto se encuentran señaladas en los márgenes por una o dos líneas transversales, uno o más puntos, cruces (no todas iguales) o llaves.  Además, algunas líneas se encuentran subrayadas.

[9] Frase tachada, según Tomás Álvarez, por un “revisor tardío, por purismo teológico” (2.142).

[10] La suerte de mujeres como Magdalena de la Cruz impactó la vida y el texto de Teresa.  Aunque Magdalena no escribió sus experiencias, según Alison Weber su influencia fue necesariamente pertinente: “Teresa lived, inevitably, under the shadow of Magdalena de la Cruz” (44).  Magdalena era una monja que había llegado a ser abadesa en su convento, Santa Isabel Francisca, en Córdoba.  Se decía que recibía mercedes espirituales y se la veneraba en círculos aristocráticos (Ahlgren 21-22; Weber 4-5n.5).  Pero en la década de 1540 se la acusó de hacer un pacto con el demonio: “tenía familiar dende que fue de cinco años y cuando le via de esta edad pensaba que era angel hasta que de doce años que confeso ser demonio y hizo pacto y conveniencia con él y él prometió de sustentarla por gran tiempo en grandes onrras” (Imirizaldu 47).  Esta cita es de una carta escrita por otra monja del convento de Magdalena, fechada en enero de 1544.  Se sentenció públicamente a Magdalena en Córdoba en 1546.  La sentencia detallaba su castigo mandando “que esté encerrada perpetuamente en un monesterio de la horden de Santo Francisco” (Imirizaldu 61), donde había de ser la persona más baja que necesitaba permiso para hablar y para comulgar, y a quien ya no se le permitía llevar el velo (Imirizaldu 61-62).  No está claro por qué cayó en desgracia Magdalena de la Cruz, pero fue juzgada por pactar con el demonio después de décadas de experiencias sobrenaturales, que sólo confesó “como vido que era ya descubierta y que no podía negar confesó por su boca toda verdad” (Imirizaldu 45).  Según Gillian Ahlgren “the downfall of Magdalena de la Cruz … was a result of suspicion about women’s spiritual experiences and a confirmation for religious hierarchs that women were not reliable spiritual leaders” (21).  Por lo tanto, parece que las dificultades de Magdalena fueron causadas por una vida espiritual colorida que se manifestaba externamente.  A parte de su confesión, fue su comportamiento, y no su doctrina lo que se percibía como una amenaza.

[11] Probablemente concordaría con Báñez en que el peligro era mínimo porque Teresa había muerto en 1582.

[12] En el Libro hay otra instancia en la que Teresa cita el libre albedrío: “No se puede decir lo que en este caso [cuando el demonio interviene con el alma cuando ésta está en estado de oración] se padece.  Ella [el alma] anda a buscar reparo y primite Dios no le halle; sólo queda siempre la razón del libre albedrío, no clara” (30.11).  Según Chicharro es esta “expresión de sentido dudoso, que tal vez designe la fuerza de la razón que preside el libre ejercicio de la libertad” (360 n.20).  Si la interpretación de Chicharro es correcta, e igual a la interpretación de los primeros lectores del autógrafo, entonces se explica por qué en este caso la mención del albedrío no necesitaba ser tachada. (La traducción del Libro de Kavanaugh y Rodríguez (1976) interpreta el pasaje de la misma manera que Chicharro (1993).  (Ver quién es el primero que interpreta el pasaje de esta manera, por ejemplo, Silverio o Efrén y Steggink).

[13] Creando lo que Alison Weber llama una retórica de humildad, Teresa aprovecha la tradición del topos de la modestia para constantemente solicitar la cooperación del lector (50).

[14] Otro caso similar, aunque de significación estilística, es el añadido de la preposición “con” al final de una línea dando “es como uno que está [con] la candela en la mano” (16.1).  No es necesario el “con,” aunque muchos editores lo han agregado a partir de Fray Luis.  Según Chicharro “son muy abundantes en Santa Teresa estas construcciones sintéticas, que prescinden de elementos de enlace” (234 n.5).  La adición es, por lo tanto, un retoque estilístico.  Editores modernos insertan una coma para suplir la falta de la preposición.

[15] La necesidad de tener un maestro espiritual letrado era importante para Teresa, sobretodo para personas espirituales como ella que sí tenían experiencias espirituales aunque no tuvieran letras.

[16] Esta tachadura es de interés particular porque el texto teresiano se encuentra plagado de frases semejantes, como “vese claro,” “he visto claro,” “entiende claro,” “ve más claro,” etc., que no fueron tachadas o suavizadas.  Solas las 14 instancias de la frase “ve claro” indican el uso frecuente de esta frase o equivalentes para expresar certeza y comprensión de lo que expresa.  En otra instancia Teresa usa el vocablo “claro” para oponerlo a “oscuro:” “Por claro que yo quiera decir estas cosas de oración, será bien escuro para quien no tuviere esperiencia [de oración]” (10.9).  ¿Por qué no fue tachada esta oración, por ejemplo, que explica que sin experiencia sería imposible comprender su texto? Además, insinúa que las letras no alcanzan para comprender su modo de oración y ella sabía que varios letrados leerían su Libro.  Quizás porque el párrafo que anterior le sugiere al censor que si lo que está por escribir Teresa sobre oración no se sujeta a lo que enseña la Iglesia, que lo “queme luego” (10.8).  Sólo un estudio detenido de todas las instancias del uso de estas frases podrá determinar si el no haberlas tachado la mayoría de las veces es a causa de su proximidad a frases que suavizan la expresión de autoridad, como “me parece,” o su constante deferir a la autoridad de la Iglesia y de sus confesores.  Cabe estudiar los temas que trata Teresa en cada instancia también. 

[17] Ambivalencia que podemos confirmar en el caso de Báñez por ejemplo.  Báñez registra su ambivalencia en su “Censura” donde dice: “no he hallado cossa que a mi juicio sea mala doctrina, antes tiene muchas de gran edificación y aviso” (190).   Además expresa su preocupación porque el Libro “tiene muchas revelaciones y visiones, las cuales son mucho siempre de temer, especialmente en mujeres...” (190).

 

Text - Copyright © 2004 Raquel Trillia