CONGRESO ABIERTO 2007

 

XLIII Congreso de la Asociación Canadiense de Hispanistas, 2007

U. of Saskatchewan (Saskatoon, Canadá)

 

El Libro del conoscimiento: un viaje por tierras fantásticas

Susana Vázquez García

Universidad Autónoma Metropolitana (Iztapalapa, México)

 

 

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Datado en el año de 1350 y editado, por primera vez, por Marcos Jiménez de la Espada en 1877, el Libro del conoscimiento pertenece a extraordinarias obras de viaje que han sido escasamente estudiadas por la crítica. El desconocimiento que sufrió este libro en el pasado, hizo pensar que era necesario separarlo de la prosa de ficción y de la crónica histórica para colocarlo en un género aparte, tomando en cuenta las características que le eran comunes y las indudables diferencias que existen respecto a otros libros de viaje. El contacto con mundos extraordinarios, lleno de seres fantásticos y tierras maravillosas que presenta el Libro del conoscimiento, ha sido motivo suficiente para su descalificación, no así con el testimonio cartográfico y heráldico que representa y que aporta como fuente confiable. Mi estudio se apoya en las bases fundamentadas por los estudios cartográficos y heráldicos para dar lugar a esos seres asombrosos, con la intención de crear una imagen totalizadora de la cartografía fantástica del Libro del conoscimiento.

 

Diversos conocimientos derivados de la antigüedad, el paganismo y el cristianismo se concentran en la Edad Media, durante la cual no fue posible establecer un concepto científico, uniforme y congruente con la representación espacial del mundo físico, lo cual propició que la imagen del mundo, según María Jesús Lacarra, variara conforme aparecían nuevos textos, se hacían descubrimientos y se interpretaban datos.

 

Los primeros mapas medievales pueden verse como representaciones ideológicas, ya que sus datos se inspiraban en razones independientes de las experiencias geográficas recogidas por los viajeros. Además, es frecuente que los mapamundis no correspondían con las cartas de navegación que eran fuentes informativas utilizadas como guías prácticas. Los mapas en la alta Edad Media eran una representación visual de la tierra, hecha con elementos doctrinales y, por tanto, expresiones morales.

 

Los conocimientos geográficos entre los siglos VI y XI caracterizan a la Edad Media por la pérdida de la cientificidad clásica; remplazada por las descripciones del mundo habitado y ya conocido. Tales descripciones se construyeron con base a datos tomados de otros libros de viaje.

 

Entre los siglos XI al XIV, el pensamiento crítico derivado del contacto con la influencia de otros lugares, permitió un acercamiento a la ciencia de la antigüedad, reforzado a partir del siglo XIII con las noticias de los nuevos viajes a Oriente. Entre los siglos XIV y XV, la indagación sobre la naturaleza del mundo físico, el desarrollo de las tecnologías y los avances en la navegación revolucionaron el pensamiento medieval, renovando así, los datos geográficos, que adaptados a presupuestos teóricos y científicos, incidieron y fueron las bases de viajes por el Océano Atlántico, que culminaron en grandes e insospechados descubrimientos.

 

A lo largo de la Edad Media, los viajes surgieron de diferentes motivaciones, pero todos proporcionaron información sobre territorios alejados o desconocidos. De tal forma, la constante de los libros de viajes medievales fue la producción de textos que registraban las travesías. Este nuevo género literario dio a conocer al lector del medioevo información valiosa sobre territorios desconocidos. A partir de la variedad de textos de viaje medievales, puede hacerse un seguimiento de los intereses de exploración y de las variaciones de la concepción del mundo según los periodos de la Edad Media.

 

El conocimiento de un mundo físico más grande que lo previsto fue motivado por las noticias de los viajeros a tierras lejanas y por las expectativas de riqueza en parajes inexplorados. Fueron los griegos quienes ampliaron, por primera vez, el concepto de ‘espacio habitado’. Posteriormente, fue el turno del imperio romano y sus constantes expediciones y conquistas; hasta llegar a la Edad Media donde se retomó esta empresa en manos de viajeros e intrépidos exploradores tales como Marco Polo y John de Mandeville.

 

El Libro del conocimiento de todos los reinos pertenece al contexto hispánico y se sitúa en el mismo género de la literatura de viajes. La crítica, más o menos coincide en que la obra fue terminada hacia 1390. El Libro del conocimiento, conocido así entre los especialistas, fue editado hasta el siglo XIX, cuando Marcos Jiménez de la Espada, viajero y gran erudito, lo publicó en 1877 con el siguiente título: Libro del conocimiento de todos los reinos y tierras y señoríos que son por el mundo, escrito por un franciscano a mediados del siglo XIV. Además de éste, es significativo el título original del manuscrito que se conserva actualmente, el Manuscrito Z. En él se lee: Este libro es del conocimiento de todos los reinos que han cada tierra y señorío por sí, y de los reyes y señores que lo proveen. Este enunciado es casi un índice del contenido y anuncia el itinerario que se va a presentar.

 

Los estudiosos y los lectores, en general, ubican al Libro del conocimiento dentro de un género híbrido entre la prosa de ficción, los libros de viaje y la crónica histórica-geográfica. El desconocimiento que ha sufrido, hizo pensar que era necesario separarlo de la prosa de ficción y de la crónica histórica para colocarlo en un género aparte. Se contemplaron las características que le eran comunes y las diferencias que existen respecto a otros libros de viaje; como por ejemplo, la escasez de tratos comerciales y la frecuencia con la que aparecen seres fantásticos, específicamente figuras humanas. Este último punto es lo que me interesa, ya que “lo monstruoso”, es quizá, lo que ha impedido una lectura íntegra del relato. En otras palabras, la crítica se ha detenido en el valor cartográfico o heráldico que el libro contiene, pero ha dejado al margen aspectos fantásticos que dificultan sus propósitos y que, sin embrago, estructuran al texto y tensionan la cosmografía medieval de su época. En estas líneas propongo una lectura en conjunto de los elementos que constituyen la obra y que serán parte de un trabajo mayor.

 

Todo viaje implica un itinerario, y éste consiste en una sucesión de nombres de lugares; es decir, cualquier referente geográfico que se pueda localizar y sea verificable en un mapa. Así, conviene señalar la relevancia del trabajo cartográfico. Como ya mencioné, en la Edad Media los mapas se complementan con ilustraciones, también presentes en los libros de viajes y en especial en el Libro del conocimiento. Reitero que un aspecto importante del documento es el que se refiere a los monstruos y seres fantásticos como extensión de la tierra representada y no como un simple adorno.

 

No hay una edición crítica de la obra; sin embargo, existe un par de versiones anotadas por parte de María Jesús Lacarra y Nancy Marino, respectivamente. Es de notar que aunque los dos estudios tienen el mismo texto base, el Manuscrito Z, es difícil de precisar la relación de las dos versiones.

 

El autor es anónimo. Una voz en primera persona es quien estructura el relato. El libro comienza así: “Partí del reino de Castilla e fui…” e inicia así, la relación del viaje. La misma fórmula en primera persona: Partí de… [X lugar], se repite a lo largo de la narración. Y así, el narrados nos cuenta que emprende un viaje, quizá increíble por su extensión y recorrido. En él no hay precisión temporal de su curso y tampoco hay nota alguna del viajero.

 

En cuanto a su contenido, el Libro del conocimiento a veces coincide con otros libros en la descripción de lugares visitados. Se trata de un testimonio que se suma al empeño por la aprehensión del mundo lejano. Ese “otro” mundo, el no europeo, es el que en tiempos medievales merecía ser nombrado y representado. El recorrido que el autor declara comprende partes del norte de Europa con su respectivo retorno al Reino Español. A esta salida le sigue otra, desde Jarifa por el Mediterráneo hacia Tierra Santa, Egipto y algunas partes de África. Inmediatamente después, sigue hacia tierra bíblicas, Arabia y vuelve a Asia hasta llegar al imperio de China.

 

Este desorbitado trayecto ha sido argumento de varias descalificaciones. Se ha pensado, por ejemplo, que la obra no refleja la experiencia de un viajero que haya visitado tantos lugares, sino más bien que es un libro escrito en una biblioteca en la que el autor investigó y urdió la relación como una sucesión de referencias de lugares supuestamente visitados. Esta postura deja fuera la posibilidad de que el viaje se haya llevado a cabo durante varios años antes de haber compuesto el escrito.

 

El Libro del conocimiento es por su extensión e itinerario una imagen del mundo, una enciclopedia geográfica acompañada de noticias sumarias y otros complementos. Las referencias son, en especial, de seres extraordinarios: hombres sin cabezas, otros con cabeza de perro, otros con sólo una pierna, pigmeos, árboles cuyos frutos son aves, etc. El libro resulta una obra compleja, es libro de viajes en la intención fundamental y en su apariencia textual, pero no puede considerarse obra de un viajero concreto, y en su redacción pueden haber intervenido datos de otras obras. El libro también aumentaría la curiosidad de los lectores que ya no eran gente de la iglesia, como habían sido los primeros en interesarse por los libros de viaje. En este caso los lectores serían gente civil, sobre todo de la nobleza que leían obras en lenguas modernas y no en latín.

 

La recepción del Libro no sólo se orientó hacia ese horizonte, como claramente lo refleja el título del manuscrito: "Este libro es del conosçimiento de todos los regnos et tierras et señorios que son por el mundo, et de las señales et armas que han cada tierra et señorio por sy, et de los rreyes et señores que los proueen". El título, de nueva cuenta es significativo, ya que destaca dos de sus componentes básicos: la representación geográfica y la información heráldica. A ambos se les concede igual importancia. Él o los copistas del manuscrito conservado así lo sintieron al acompañar lo escrito con ilustraciones. Esta lectura ‘sapiencial’ y ‘didáctica’, que acerca a la obra a los tratados geográficos y enciclopédicos, avala la coherencia texto-imagen, imagen-texto. Los tratados geográficos y los libros de viajes, independientemente de su grado de ficción, eran leídos como libros didácticos, científicos, sapienciales. El Libro del conosçimiento no fue una excepción.

 

Es evidente que, en la mayor parte de los casos, lo que el viajero cuenta resulte extraordinario o, al menos desconocido para el lector, y la lectura de material para la imaginación. De ahí que el relato se oriente muchas veces a la expresión de la ‘maravilla’, palabra cuyo uso es muy general en la literatura de los viajes medievales, de tal manera que en ocasiones asciende hasta el título de las obras. Al respecto, E. Popeanga estima que el lector actual de estos libros los considera ficticios y apunta: [cito] “El público no entiende el mundo de las maravillas como una realidad lejana y cognoscible, sino sencillamente lo considera como un mundo de ficción.” Sin embargo, para el lector contemporáneo al relato lo toma como “verdadero”, en tanto que la verdad del viajero se condiciona con la cosmovisión del lector. Para E Popeanga, [cito] “precisamente la mezcla de elementos reales e imaginarios que lo componen [al libro de viajes] confiere al texto un éxito y difusión muy importantes.” Los desplazamientos, por ejemplo, Alejandro y Carlomagno y la figura del Preste Juan de las Indias propician la inclinación por el mito, debido al contacto con sus lectores. Ellos reconocían la maravilla del Oriente en contraposición a los viajeros y al contexto hispánico.

 

El Libro del conocimiento, brevemente repasado aquí, ofrece una nueva lectura, una lectura global que se ocupa de todas sus partes y las concilia dentro de una unidad. La obra, inscrita en el corpus de los libros de viaje, pretende ir más allá de libres manipulaciones que la han limitado, en el peor de los casos, a ser un catálogo heráldico. El Libro del conocimiento es así, una obra interesante, digna de análisis y en espera de una edición crítica. Contiene un rico desarrollo narrativo y una enorme riqueza como relato de viajes, como testimonio cartográfico y como tratado de maravillas. Es una combinación de la presencia del espacio en interacción con el viajero que lo detalla. La acumulación de prodigios es un testimonio que documenta la cosmografía del escritor y los lectores medievales.

 

 

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